Hace mucho tiempo, cuando era todavía un pebete de apenas 12 años ignorante y feliz, escuché por ahí que las minas más lindas estaban acá en Rosario.
Hace mucho tiempo, pero no tanto como antes, mi viejo me mostraba un e-mail de un yankee que le mandaba saludos a él y a la ciudad de las mujeres más hermosas del mundo.
La vida, a mis 20 años, no me llevó a recorrer muchos destinos del globo pero algunas vueltas di y confirmé lo dicho por el norteamericano. Es cierto que vivimos rodeados de monumentos a la belleza femenina, es muy cierto. Hace poco recorrimos la noche de la ciudad con un amigo del Chaco y no podía dejar los ojos quietos, no dejaba de sorprenderse por el constante desfile de princesas que enmarcaba una perfecta noche de verano.
Una clara muestra de lo que digo se puede ver al hacer algún viaje largo (llamémosle largo a más de dos semanas), notarán que al regresar y recorrer la ciudad lo primero que su cuerpo va a sentir no es la pesada humedad, sino el hecho de estar rodeado nuevamente por ellas. Es la única forma que encontré de ver esta característica de la ciudad con ojos de extranjero y créanme que es increible el cambio.
En Córdoba hay muy lindas minas, en muchos pueblos desconocidos por la mayoría también (la facultad me lo hizo saber) y quizás Mendoza. No puedo decir lo mismo de Buenos Aires, por supuesto que hay mujeres muy hermosas, pero la cantidad per capita no se compara en lo más mínimo con los valores de nuestra ciudad.
No soy de esos que idolatran a las mujeres ubicándolas en el puesto de diosas inalcanzables por simples mortales, pero si de aquellos que las observan como obras de arte. Por eso disfruto tanto de cada rincón de Rosario.
Maldita la costumbre que nos impide disfrutarlas como quien no las conoce, bendita la suerte de nacer en esta ciudad.